En los últimos años, funcionarios públicos y desarrolladores en Aguascalientes han insistido en que el poniente de la ciudad —entre el Segundo y Tercer Anillo, y entre las avenidas Arroyo El Molino y Ruiz Cortines (salida a Calvillo)— es el área natural hacia donde debe crecer la ciudad. Argumentan que aún existen reservas territoriales y condiciones para construir asentamientos bien planeados, con servicios, infraestructura y equipamientos desde su origen. Es cierto que el poniente es un área de crecimiento para Aguascalientes, pero ¿realmente está siendo el ejemplo de planeación que describen?
La urbanización en esta zona no es nueva: comenzó hace al menos quince años con los primeros desarrollos habitacionales cerrados. No se trata de un territorio natural ni de una oportunidad futura: gran parte del poniente ya está siendo urbanizado. Y no necesariamente es el mejor ejemplo de planeación.
Proliferan los cotos amurallados que fragmentan el territorio y crean lo que algunos llaman la “no-ciudad”: espacios desconectados, separados por grandes bardas, sin calles activas o caminables, ni mezcla de usos (comercio, servicios, parques, etc.) que permita crear comunidad. Basta circular por avenidas como Guadalupe González, Del Valle o Punta del Cielo para constatarlo: lugares inhóspitos, sin espacio público ni vida exterior, donde las personas están confinadas a sus viviendas y vehículos.
El poniente, además, ha sido diseñado para depender casi por completo del automóvil. Los cotos cerrados generan laberintos que reducen la conectividad y alargan los trayectos. A esto se suma que la zona cuenta prácticamente con solo tres accesos viales: Arroyo El Molino, Guadalupe González —ya colapsada a varias horas del día— y el rehabilitado Antiguo Camino a San Ignacio, de capacidad limitada.
En transporte público, la situación es aún más crítica: la cobertura es mínima. Solo dos rutas pasan por tramos de Guadalupe González y Eugenio Garza Sada, con frecuencias tan espaciadas que resultan ineficientes. Ejemplos reales lo ilustran: un guardia de seguridad que trabaja en un residencial en Guadalupe González y vive en el oriente tarda hora y media en llegar a su trabajo. Otra persona que trabaja en la zona debe caminar 30 minutos solo para tomar el camión. Y muchas personas más, sin otra opción, comparten taxi o realizan múltiples transbordos para llegar a sus destinos, gastando más del 20% de su ingreso semanal.
Más aún, caminar o usar la bicicleta como transporte cotidiano es, en muchos casos, inviable. Muchas calles no tienen banquetas, y las que existen suelen estar deterioradas. Guadalupe González, por ejemplo, es transitada a pie diariamente por cientos de personas, a pesar de no contar con infraestructura peatonal adecuada. Y la vegetación es escasa, así que caminar bajo sombra es casi un lujo. En bicicleta, la situación no mejora: casi ninguna vialidad ofrece condiciones seguras para ciclistas, ni siquiera la ciclovía del circuito “Tec-UAA”, construida el sexenio pasado, hoy sumamente deteriorada.
Otro aspecto fundamental de un entorno urbano bien planeado es la existencia de espacios públicos y parques de calidad, clave para la salud, convivencia, esparcimiento y seguridad. Pero el poniente, una de las zonas de mayor crecimiento en población y vivienda, carece por completo de estos espacios. Como consecuencia, muchas personas dependen de los equipamientos al interior de los cotos —cuando hay— o deben pagar servicios privados —como gimnasios— para realizar actividades que podrían hacerse en espacios públicos.
Y sin entrar en temas como el agua, la realidad es que el poniente no es el mejor ejemplo de desarrollo urbano. Al contrario, refleja muchas decisiones que deberíamos evitar si queremos una ciudad más eficiente, equitativa, vivible y humana. Por eso, cuando se dice que el poniente representa el futuro urbano de Aguascalientes, surge la duda: ¿a qué futuro se refieren? ¿O para quiénes? El poniente ya existe, y su crecimiento ha sido desordenado, fragmentado, poco funcional y excluyente.
Aún existen enormes posibilidades para ordenar el crecimiento en esta zona y promover un mejor desarrollo urbano, que realmente genere una buena calidad de vida para todos. Pero habría que volver a adoptar cualidades urbanísticas mucho más adecuadas —como una escala humana, calles caminables, mezcla de usos y actividades, parques, entre otras—, como las que ya se hacían antes en fraccionamientos más tradicionales como Los Bosques, Las Américas o la calle Álvaro Obregón. ¿Se aprovechará o desperdiciará la oportunidad?
Y queda otra pregunta: ¿qué se está haciendo en el oriente, donde vive cerca de la mitad de la población de la ciudad y donde hay muchas carencias en servicios, infraestructura y movilidad?
Este texto se publicó el 28 de julio de 2025 en El Heraldo Aguascalientes.
fernando.granados@alumni.harvard.edu | @fgranadosfranco
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