En días recientes, la Dirección de Tránsito del municipio de Aguascalientes aseguró que, ante el incremento del “flujo vehicular durante la temporada decembrina” y la saturación de “corredores comerciales, mercados, zonas de servicios y avenidas de alta movilidad”, se implementarán “patrullajes constantes y regulación del tránsito en puntos críticos para agilizar la circulación y disminuir riesgos”. Es cierto: en esta época del año aumenta la demanda de viajes y la congestión vial. Sin embargo, en Aguascalientes el problema ya no es exclusivo de la temporada decembrina, sino una realidad agravada en los últimos años.
El tráfico vehicular es cada vez más frecuente, los tiempos de traslado han aumentado considerablemente y las personas pierden más tiempo en sus trayectos. La pregunta de fondo es clara: ¿el problema del tráfico es estacional o estamos frente a un reto más profundo? Veamos.
De acuerdo con cifras del INEGI, en 2024 el estado registraba alrededor de 809 mil vehículos y una población de poco más de 1.4 millones de habitantes. Esto se traduce en un índice de motorización de 567 vehículos por cada mil habitantes, el décimo más alto entre las 32 entidades federativas del país. La cifra es particularmente preocupante si se considera que Aguascalientes es la sexta entidad con menor población a nivel nacional.
Este nivel de motorización coloca al estado por encima de entidades federativas con poblaciones y extensiones territoriales mucho mayores. Por ejemplo, estados como San Luis Potosí, Chihuahua, Durango, Coahuila, Nuevo León, Querétaro, Guanajuato, Veracruz y Puebla, entre otros, presentan índices de motorización inferiores al de Aguascalientes. En realidad, Aguascalientes se acerca más a patrones de motorización propios de estados extensos y dispersos, donde la dependencia del automóvil puede resultar más comprensible por las largas distancias entre ciudades y localidades, como Sonora o Baja California Sur.
Aquí surge una contradicción central. Aguascalientes representa apenas el uno por ciento de la población nacional y es la cuarta entidad más pequeña en extensión territorial. Estas condiciones son, en principio, favorables para construir un sistema de movilidad más sostenible y eficiente, con transporte público de calidad y mayores oportunidades para caminar o usar la bicicleta. No obstante, el modelo que se ha impulsado ha sido el contrario: una apuesta constante por el crecimiento del parque vehicular y el uso indiscriminado del automóvil.
Aguascalientes, sin embargo, aún podría apostar por una movilidad distinta. Las distancias y la estructura urbana de la ciudad todavía ofrecen condiciones adecuadas para fortalecer el transporte público, el cual debería de ser la columna vertebral del sistema de movilidad. Pero esto no se logrará únicamente renovando algunos autobuses. Se requiere infraestructura exclusiva, como carriles confinados, que garanticen velocidades comerciales competitivas y permitan reducir los tiempos de traslado, que es lo que realmente importa para las personas.
También son necesarios nuevos modelos de gestión del transporte, más profesionales, transparentes y orientados a resultados, capaces de generar impactos reales en la movilidad cotidiana. Estas oportunidades existen, pero mientras tanto el transporte público sigue siendo poco competitivo: cobertura limitada, frecuencias irregulares y recorridos poco directos.
También es fundamental hacer viables los desplazamientos a pie y en bicicleta. En una ciudad como Aguascalientes, esto sería perfectamente factible si existiera infraestructura segura, cómoda y conectada. Sin embargo, estas opciones siguen siendo marginales, mientras el uso de automóvil aumenta, en gran medida, por la ausencia de alternativas reales.
Persistir en la idea de que el futuro de la movilidad pasa por tener cada vez más automóviles —un modelo que ha llevado al colapso a muchas ciudades— no solo profundiza los problemas actuales, sino que impide avanzar hacia una mejor calidad de vida. Priorizar el transporte público, redistribuir el espacio vial, crear calles caminables y seguras, y vincular la planeación y el desarrollo urbano con la movilidad ya no son decisiones opcionales: son condiciones mínimas para una ciudad funcional.
La pregunta final es inevitable: ¿hacia dónde quiere ir Aguascalientes? Un estado pequeño, con niveles de motorización excesivos, corre el riesgo de reproducir los mismos problemas que hoy enfrentan muchas ciudades. Aún hay margen para corregir el rumbo, pero, las decisiones que se toman hoy, definen la ciudad que se vivirá mañana.
Este texto se publicó el 15 de diciembre de 2025 en El Heraldo Aguascalientes.
fernando.granados@alumni.harvard.edu | @fgranadosfranco
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