En los últimos días, el calor en Aguascalientes ha sido severo, con temperaturas de hasta 35 grados y sensaciones térmicas mayores. La evidencia científica indica que el calor extremo se debe en parte al calentamiento global; sin embargo, en zonas urbanas el fenómeno se agrava por dos factores locales: la reducción acumulada de la cobertura vegetal y la expansión desmedida de superficies de concreto y pavimento. Estas superficies, al quedar expuestas al sol, absorben y almacenan calor, liberándolo de vuelta al ambiente incluso después de que el sol se ha ocultado, elevando la temperatura tanto de día como de noche. Este fenómeno se conoce como “islas de calor urbanas”.

Las consecuencias del calor extremo en las ciudades no son menores. Según el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, el agotamiento por calor -caracterizado por sudoración intensa, mareos, náuseas, calambres y dolor de cabeza- puede causar un golpe de calor cuando la temperatura corporal alcanza los 40 °C, con riesgo de daño permanente al cerebro y órganos vitales, e incluso la muerte. El Instituto de Recursos Mundiales (WRI) estima que el calor extremo ocasiona alrededor de 489 mil muertes al año a nivel global.

El calor extremo también impacta en la productividad laboral y el desempeño educativo cuando las actividades se desarrollan en condiciones térmicas inadecuadas, como trabajar en oficina a más de 25 °C o estudiar con sensaciones térmicas superiores a 27 °C en el salón de clases (Velasco, 2025). A esto se suma un impacto económico directo en los hogares. De acuerdo con el Trust for Public Land, estudios en ocho países -incluyendo Australia, España y Japón, entre otros- encontraron que las personas gastan entre 35 y 42% más en electricidad al adoptar aire acondicionado, lo que reduce el gasto disponible en otros rubros y conduce a hogares de menores ingresos a lo que se conoce como “pobreza energética”, que se refiere a la incapacidad de pagar servicios energéticos básicos.

En este contexto, la mayoría de las ciudades en México -y Aguascalientes no es la excepción- carece de políticas, proyectos e iniciativas para responder a este reto climático. No obstante, existen medidas concretas que pueden impulsarse para, cuando menos, mitigar las islas de calor en zonas urbanas.

Por ejemplo, los árboles generan áreas sombreadas que evitan el sobrecalentamiento de las superficies y enfrían el aire mediante la evapotranspiración -la liberación de vapor de agua a través de las hojas-. Un estudio de 806 ciudades, citado por el WRI, encontró que el aumento en la cobertura arbórea se asocia con reducciones de alrededor de 1.5 °C en la temperatura superficial a mediodía, y que los árboles pueden mejorar el confort térmico entre 2 y 8 °C en zonas urbanas. Por ello, algunas ciudades buscan aumentar la cobertura arbórea como respuesta al calor.

Según el WRI, Campinas, Brasil, encontró que aumentar la presencia de árboles en las calles en 20% en un barrio habitacional puede reducir la sensación térmica entre 1.7 y 8 °C. En Hermosillo, México, el gobierno municipal está utilizando datos de temperatura para diseñar un nuevo parque con vegetación en la zona más calurosa y con menor cobertura de sombra de la ciudad. En Freetown, Sierra Leona, se han plantado más de 1.2 millones de árboles en los últimos años como parte de una iniciativa de reforestación urbana.

Otra medida eficaz consiste en aplicar pintura reflectante en azoteas para crear «techos fríos», lo cual ha demostrado reducir las temperaturas interiores entre 1.5 y 5 °C en diversas ciudades. Según el WRI, en Ciudad del Cabo, el gobierno está trabajando con habitantes de uno de los barrios más pobres para crear techos fríos. Igualmente, en Atlanta, una nueva regulación exige que todos los techos nuevos se construyan con materiales reflectantes, pues a nivel ciudad se estima que esta medida podría reducir la temperatura del aire en 1.4 °C.

Estas experiencias muestran que, con planeación, estrategia y voluntad política, es posible mitigar -al menos parcialmente- el calor extremo y mejorar la calidad de vida de la población. En Aguascalientes, sin embargo, se avanza en sentido contrario. No existen políticas ni programas reales para atender este desafío; se siguen eliminando árboles sin criterio; no hay programas de reforestación urbana efectivos; los parques carecen de vegetación; las superficies de concreto y pavimento continúan expandiéndose; y no hay iniciativas relevantes para incorporar materiales de construcción con mejor eficiencia térmica. En suma, el calor extremo seguirá aumentando por el calentamiento global, pero también por la inacción y decisiones locales que agravan el problema en lugar de atenderlo.

Este texto se publicó el 04 de mayo de 2026 en El Heraldo Aguascalientes.

fernando.granados@alumni.harvard.edu | @fgranadosfranco

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