El pasado 6 de abril, en este espacio se analizó por qué la obra que realiza el Gobierno del estado para ampliar de cuatro a cinco carriles un tramo de la avenida Luis Donaldo Colosio, en su cruce con avenida Universidad, no solo parece injustificada —dado que en ese punto no existen los niveles de saturación vial que el gobierno dice querer resolver—, sino sobre todo porque, como se ha demostrado en cientos de ciudades, ese tipo de intervenciones no resuelve el tráfico, sino que, por la demanda inducida, tiende a mantener o incrementar la congestión.

En esta ocasión, vale la pena analizar otra externalidad de la obra que el gobierno también ha intentado justificar: el derribo de árboles en la porción del parque que se demolerá para construir el nuevo carril. Ante las críticas, el gobierno asegura que no habrá tala, sino que los árboles serán reubicados mediante un proceso que, según afirman, garantiza su supervivencia. No es la primera vez que se dice algo así. Veamos.

Cuando alguna obra implica la remoción de árboles, el discurso oficial es el mismo: no habrá tala, se trasplantarán y no habrá afectación alguna. Sin embargo, la evidencia sugiere que el trasplante de grandes árboles es riesgoso y que la probabilidad de supervivencia depende de factores que raramente se cumplen en una obra vial: la preservación del sistema radicular, que la temporada sea adecuada, que exista riego postrasplante, que el suelo de destino sea apto y que no ocurran daños durante el traslado.

Por ejemplo, cuando se removieron árboles para los pasos a desnivel de Segundo Anillo con Guadalupe González y con Quezada Limón, el gobierno de entonces dijo exactamente lo mismo. Nadie supo dónde quedaron esos ejemplares ni si sobrevivieron. Siendo realistas, es altamente improbable que lo hayan hecho. Más bien, los gobiernos apuestan a que, pasados unos meses, nadie se acuerde y el descontento pase, pues no existe seguimiento posterior alguno que permita conocer el resultado.

Cuando la justificación del trasplante no convence, el siguiente argumento es señalar que se cubrirán las tasas de compensación establecidas por la ley: por cada árbol eliminado, se plantarán otros en algún otro lugar. Esta justificación revela desinterés por el tema. La arborización no solo es un asunto de cantidad bruta de árboles, sino de localización, distribución, tamaño y función de cada uno.

¿De qué sirve remover los árboles de una avenida concurrida para concentrarlos en un vivero, por ejemplo? ¿Es ahí donde más se necesitan los servicios ambientales? Los árboles filtran contaminantes, liberan oxígeno, absorben dióxido de carbono, reducen la escorrentía pluvial y mitigan el fenómeno de isla de calor. Eliminarlos de espacios públicos o reemplazarlos por ejemplares jóvenes en otro sitio no compensa el daño y tiene impactos negativos en la movilidad y el espacio público.

Por ejemplo, en un estado con más de 800 mil vehículos, reducir el uso del automóvil es fundamental, y para ello la ciudad tiene que ser más caminable. Aguascalientes carece de banquetas adecuadas, la sombra es prácticamente inexistente y el calor es cada vez más severo. Todo eso desincentiva caminar, y la evidencia es clara.

Según estudios del Instituto de Recursos Mundiales, una banqueta con sombra puede sentirse hasta 8 °C más fresca que una expuesta al sol. Otros estudios han demostrado que las calles con alta cobertura arbórea atraen más peatones —la distancia media caminada puede ser hasta 0.75 km mayor que en calles sin árboles— y que un aumento de 10 °C en la temperatura superficial puede reducir entre 15 y 20 % la proporción de personas dispuestas a caminar. Por lo tanto, mientras disminuyan los árboles y se ensanchen las vialidades, la posibilidad de caminar seguirá reduciéndose y el tráfico seguirá aumentando.

Los árboles son también condición necesaria para el espacio público. La sombra y el confort térmico determinan si una plaza o un parque son realmente aprovechables. En Aguascalientes, una ciudad con temperaturas extremas y una oferta ya de por sí limitada de parques de calidad, lo que se necesita no son menos parques, ni de menor calidad ni con menos árboles, sino exactamente lo opuesto. De lo contrario, la ciudad seguirá confinando a sus habitantes a sus casas y sus vehículos, lo que ocurre cada vez más en la ciudad.

Nada de esto ocurre por mala suerte ni por el destino inevitable de la ciudad. Ocurre por decisiones deliberadas de personas que ocupan temporalmente un cargo y que, con frecuencia, las toman por motivos ajenos al interés público. A quienes han dicho que «solo se ampliará un carril» o que «solo son 15 árboles», conviene recordarles que el deterioro de las ciudades no es producto de una sola acción, sino de la acumulación de pequeñas decisiones desinformadas o tomadas por razones distintas al beneficio público.

Este texto se publicó el 20 de abril de 2026 en El Heraldo Aguascalientes.

fernando.granados@alumni.harvard.edu | @fgranadosfranco

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